
Museo Beato Angélico
Una visión de mundo y esperanzas
En el Museo “Beato Angélico” de Diagonal 73 entre 16 y 47 de nuestra ciudad, dependiente de la Universidad Católica local, quedó librada una muestra que reúne los muchos caminos y libertades que nuestro arte escoge para expresar la belleza. Intervienen en ella Enrique Ferreira, Juan Carlos Manchiola, Buyi Presas, Marcela Anacleto, Alicia Pappalardo, Viviana Rossetti, Benedetta Giusti, Gabriel Cazalla, Germán Streckwall y el presbítero Carlos Sarmiento, honrando al Museo con sus búsquedas y logros.
Ferreyra, allega su particular y grato surrealismo en cuya trama lírica desliza datos de paisaje y naturaleza que guían la mirada, apoyándola y creando un dialogo de sorpresa e inquietud en cada espectador. Su grafía límpida oculta, sutil, una vibración que queda en la memoria.
Manchiola, sorprende con su geografía de mitos y leyendas, nombrando y fijando territorios que palpitaron sus secretos en antiguos mapas, y que retornan con sus leyendas y viajes de antaño. Letras, nombres, sombras y mares y arenas regresan en este trabajo paciente y admirable. Y, por algún rincón invocado como rito la escritura cuneiforme nos memora el antiguo “Cantar de Gilmanes”, amorosamente evocado, y que quizás, hasta el presente, sea la poesía más antigua del humano y precedida, además, por una tradición oral que se hunde en siglos anteriores lindantes, a la vez con una geología que habían ordenado apenas las manos del Creador.
Presas y Anacleto, acercan sus cerámicas, de gratísima formulación y encanto y que nos dejan la sorpresa, además, de comprobar sutiles diferencias de factura en ambas pues la primera modela con historia y la segunda con futuro, serenidad y nervio que no se contraponen y que hablan de experiencia y de mañanas.
Pappalardo, y con grato cambio, aventura con firme dibujo una flora personal y nostálgica, poesía que ahonda en su homenaje a la música en sus trabajos sobre el Rococó, el vals o un jazz que retorna de los años locos en trompetas o saxos, temas que nos pasean por melodías remotas y que quedaron en ese corazón en el que la artista los vuelve a descubrir.
Rossetti, sorprende con vidrios de mágica factura y en los que el muro o la superficie que sustenta juega con reflejos y ecos de luz. Este camino del vidrio la artista lo camina con amor y destreza y -por allí- algo traviesa, nos evoca un homenaje a la pintura en una paleta de bellísima solución.
Giusti, alza el metal a la altura de una genuina creación, y sus joyas tiemblan un mundo de evocación y ecos misteriosos. Nos enseña, sin gestos y oratoria, el orbe que puede ocultar la mano hábil que manipula metal, piedras y cualquier elemento que suscite su atención para erigir este palpitar de hermosas resonancias.
Cazalla, traza, ágil y enamorado, su homenaje a las letras y a la belleza fugaz del mundo que compartimos. Modula con paciente cariño rostros, manos y memorias de lecturas y de vidas que han dejado, en el corazón de todos, reflejos y gratitudes. Y, por allí una pipa traviesa que quedó de alguna jornada de poesía remota y que el escritor olvidó en un rincón de un cuadro, que nos lleva a pensar que –alguna vez- retornará a buscarla cuando anochezca.
Streckwall, allega arquitectura religiosa probando, una vez mas con grata belleza que esa vía, por cierto, no se ha agotado y que, siempre, depara sorpresas. Sus fotos nos acercan vitales tareas que el artista ha cumplido en esa vía inagotable.
Y el presbítero Sarmiento nos brinda dibujos de noble y hermosa factura, lápiz limpio, seguro y certero que nos evoca a Nuestro Señor Jesucristo o la Virgen, aguardando eterna la llegada de Nuestro Salvador, tareas escasas pero suficientes para permitirnos una mirada en la búsqueda de este artista que camina ajeno a modas, y guiado con la Luz de su Fe. Y que nos comunica, por cierto, esa misma luz.
















